Con la colaboración de la Asociación de Autores de Teatro

lunes, 3 de noviembre de 2008

Primeras orientaciones: salvar al personaje de la madre


Mi proyecto consta de cuatro personajes:


Günter: el "enfant terrible", el artista maldito. Una fuerza centrípeta que se líquida a sí misma, sin aportar soluciones a los problemas prácticos.

Ana: una joven que se enamora de lo que teme, y husmea, rebosante de curiosidad y juventud, y se quema. La obra recoge su proceso de maduración.

Oto: el padre intelectual de Günter. Un revolucionario jubilado, que ya no ve el arte como transgresión, sino meramente como artesanía u oficio.

Y la Madre de Ana: que vivió los días áridos de la Gran Guerra y ve con incomprensión a estas nuevas generaciones que habiéndolo tenido todo, llevan su inconformismo como una piedra al cuello.


Al comienzo de este proyecto, me planteé como reto que todo los personajes fuesen igualmente válidos. ¿Qué quiero decir? Uno de los cineastas que más me interesan, Philippe Garrel (que fue también profesor del conservatorio de arte dramático de París), aplica a sus guiones el principio de la dialéctica: ningún personaje es más tonto que otro, se libran luchas de cerebros en las que todos están igualados; todos tienen razón y, a la vez, ninguno.

Sin darme cuenta, yo dejé a un personaje en desigualdad de condiciones: la Madre de Ana. Tenía un carácter totalmente plano y ese no era, ni mucho menos, mi propósito. Sentía empatía directa con Ana, Günter y Oto... Pero no con ella. En los encuentros que matuve con los otros autores y Borja Ortiz me recomendaron que diera más dimensión a este personaje. Así compondría un cuadrilatero armónico con dos principales (el artista y su musa) y dos secundarios (Oto y la madre).

Hoy puedo decir que conocer a esa señora (como personaje y persona) fue un verdadero placer. Escribir teatro de esta manera es aprender a ser más tolerante.


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